Las medidas individuales de protección como la mascarilla, la distancia, la solución alcohólica o la ventilación adecuada son bien conocidas, aunque con un seguimiento muy desigual entre la población, lo que sin duda condiciona la progresión del virus. La principal aportación respecto a los comienzos es la importancia fundamental que se atribuye hoy día a los aerosoles que emitimos por nariz y boca (no ya las gotitas que pueden contagiar directamente), especialmente cuando hablamos fuerte o fumamos, y que pueden quedar flotando y acabando por pasar el virus, aunque el enfermo emisor no esté ya presente. Este hecho pone en el punto de mira a todo lugar cerrado no bien ventilado y enfatiza el uso de terrazas en bares y restaurantes, y en general de las actividades al aire libre.

Más controversia suscitan las medidas generales para controlar la pandemia. A la espera de que podamos disponer de la tan deseada vacuna y que se pueda administrar a la mayoría de la población, tenemos que aprender a convivir con el virus limitando su extensión al menor coste sanitario y social posible. No cabe duda de que el confinamiento total funciona, al igual que funcionaba con las pestes medievales, lo que muestra que no hemos evolucionado tanto. Lo hemos comprobado en la primera oleada y se ha demostrado en multitud de países con un punto muy importante: cuanto más precoz se haga, mayor y más rápida es su eficacia hasta el punto de que comparando las cifras internacionales se ha llegado a la conclusión de que un adelanto de pocos días puede limitar el número de fallecimientos en porcentajes superiores al 50%.

"Felipe González, con su claridad, calificaba la diversidad normativa que ha invadido el mapa de las comunidades españolas de 'puñetera locura"

El problema es que el confinamiento total supone la ruina económica para muchos sectores y solo se puede recurrir a él en situaciones extremas. Se debe buscar el equilibrio entre lograr reducir al máximo los contactos al menor coste social posible y para ello no hay una receta única, entramos en el terreno de lo opinable y ahí surgen las discrepancias.

Todas las medidas generales van dirigidas a limitar la movilidad y el número de posibles contactos. El hecho de que cada país y cada comunidad vaya adoptando medidas distintas entre sí deja claro que ninguna de ellas es claramente superior a las otras, porque si no, todas tenderían a hacer las mismas cosas. Centrándonos en España, las medidas no tienen que ser necesariamente las mismas, pues poco tiene que ver un entorno rural con el de una gran ciudad, y también es cierto que cada comunidad tiene sus características y sus peculiaridades, aparte de gozar de plena autonomía en la gestión de sus respectivos sistemas sanitarios.

Los costes económicos son la otra cara de la moneda. (EFE)
Los costes económicos son la otra cara de la moneda. (EFE)

Lo que sí es un problema, directamente atribuible a la falta de liderazgo con la que afrontamos esta pandemia, es que no haya unas normas generales que obedezcan a unos criterios únicos, coordinados, previamente fijados y, sobre todo, que pudieran ser explicadas a todo el mundo de una forma lógica y científica, algo imposible en la situación actual. Esta indefinición crea una confusión generalizada que en nada contribuye al cumplimiento de unas normas cambiantes en el tiempo y en el espacio, que no tienen muchas veces una explicación razonable y para las que hasta se ha llegado a diseñar al menos una app en la que se puede consultar lo que hay que hacer según el código postal en que se encuentre cada cual. Felipe González, con su habitual claridad dialéctica, calificaba la diversidad normativa que ha invadido el mapa de las comunidades españolas de "puñetera locura" y añadía que a este paso cuando los hijos nos pregunten por la hora de vuelta a casa, habrá que remitirles al BOE y sus equivalentes regionales.

Pero quizás lo más grave sea la ausencia de un plan coordinado, una hoja de ruta que nos permita saber hacia dónde vamos, lo que origina que cada cual vaya haciendo lo que se le ocurre en cada momento. Todo ello junto con una situación muy cambiante en poco tiempo, que hace pasar sin causa bien identificada a comunidades con una aparente buena gestión como Asturias al grupo de las más afectadas, o el caso de Madrid, hasta hace unas semanas “paradigma de mala gestión” y ahora entre las de mejor evolución pese a mantener unas limitaciones muy escasas. La diversidad de medidas adoptadas convierte la tarea de sacar conclusiones válidas que podrían ser impagables para la lucha contra el virus en misión imposible.

Esta situación un tanto caótica y con la flagrante renuncia del papel de liderazgo que correspondería al Ministerio, reducido en la práctica a un papel de comentarista, ayuda muy poco a la lucha contra el covid. No parece que vayamos en la dirección adecuada. El virus no conoce de fronteras ni de ideologías, y solo unas medidas comunes, consensuadas, certificadas y vigiladas por verdaderos expertos pueden arrojar un poco de luz para lo que quede de pandemia