Covid-19: entre el deseo y la realidad una vez más
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Ángel Pizarro

A través de mi dermatoscopio

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Covid-19: entre el deseo y la realidad una vez más

Con frecuencia en esta pandemia hemos confundido ambas cosas. Sin una percepción realista del alcance del problema y de las limitaciones de las soluciones disponibles, la quinta ola no será nuestra última ola

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He escrito bastantes artículos sobre la covid-19 en los últimos 18 meses, publicados tanto en El Confidencial como en el blog de la Clínica Dermatológica Internacional. Desde el principio en mis artículos he sido muy reiterativo sobre la importancia del uso correcto de las mascarillas. Y digo esto insistiendo a su vez en que el uso de la mascarilla en espacios abiertos y guardando la distancia social es absurdo por innecesario.

Nuestra quinta ola veraniega se saldará a finales de septiembre con algo más de un millón de contagiados (oficiales) y en torno a unos 5.000 muertos. Son por supuesto muchos menos que los de las 3 primeras grandes olas en España, pero son muchísimos más de los que deberían haber sido, máxime si tenemos en cuenta el elevado porcentaje de la población ya vacunada al inicio del verano, que no ha parado de crecer según transcurría el mismo. Por otra parte, gran parte de la población infectada durante el verano ha sido una población muy joven, que ya de por sí tiene una mortalidad muy baja. Y el verano es en teoría una época proclive a una reducción de contagios por este tipo de virus respiratorios. Con estas consideraciones en mente, 5.000 muertos en los últimos 3 meses es una cifra muy inquietante de cara a un futuro próximo. ¿Por qué?

Foto: Unas 4.000 personas desalojadas de botellones en 31 puntos de Barcelona. (EFE) Opinión

Para entender por qué esos 5.000 muertos son una pésima noticia debemos detenernos en algunas cifras previas, no del todo precisas pero muy relevantes. Los datos oficiales indican que en España han muerto ya algo más de 85.000 personas por una covid-19 confirmada mediante test diagnósticos. Es muy obvio para todos que especialmente durante la primera ola fallecieron bastantes miles de personas más por una covid-19 no confirmada con estos test.

Es probable que en España y a lo largo de las tres primeras olas fallecieran unas 100.000 personas de covid-19, como revelan los estudios demográficos de exceso de mortalidad. Para entender su relevancia, esta cifra hay que ponerla en relación con el número de personas contagiadas. Pero las cifras de contagios oficiales distan aún mucho más de la realidad que las cifras de muertos. Al principio de la pandemia por falta de test diagnósticos. Y a lo largo de toda ella porque muchos infectados asintomáticos no han acudido al médico al ignorar su contagio y no han sido ni confirmados ni contabilizados.

Entre ola y ola

Por ello han sido de enorme valor los estudios de seroprevalencia que se realizaron y comunicaron en España al final de la primera y segunda olas. De ellos podía deducirse una mortalidad global por covid-19 en España en la época prevacunal en torno al 1%, quizás algo superior en la primera ola, en línea con lo observado en otros países. Si las 3 primeras olas nos causaron unos 100.000 muertos, implica que allá por marzo de 2021 ya habríamos tenido unos 10 millones de contagios, y es simplemente ridículo que las estadísticas oficiales señalen que a día de hoy llevamos cerca de 5 millones de contagios, salvo si se indica de forma explícita que esos son solo los contagiados confirmados microbiológicamente.

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Foto: iStock.

Los contagios reales es probable que se sitúen como mínimo en torno a los 12 a 14 millones de personas, lo que implicaría que al menos un 25% de la población española ya se ha infectado. Esto en sí mismo no es una mala noticia. Como en cualquier otra viriasis respiratoria, la mala noticia no son los contagios, sino los enfermos graves que requieren hospitalización y los muertos.

En este verano

Volvamos a la cifra clave sobre la que existe un consenso razonable entre expertos en nuestro entorno y fuera de él: la mortalidad global por la covid-19 en la época prevacunal en nuestro medio ha sido aproximadamente del 1%. Y aterricemos de nuevo en nuestra quinta ola veraniega: es muy probable que la concluyamos con unos 5.000 muertos oficiales (y ahora sí reales) y algo más de un millón de contagios oficiales.

Esto nos situaría en una muy inquietante cifra de mortalidad en torno a un 0,5% del total de infectados durante el presente verano. Y si consideramos por una parte que muchos de los infectados eran de edad muy joven (con mortalidad esperada muy por debajo del 1%) y que un elevado porcentaje de la población de mayor riesgo ya estaba vacunada, haber pasado de una mortalidad prevacunal del 1% a una estival del 0,5% es una reducción que se me antoja escasa y muy preocupante.

"Haber pasado de una mortalidad prevacunal del 1% a una estival del 0,5% es una reducción que se me antoja escasa y muy preocupante"

Obviamente hay truco. La cifra de muertos oficiales es la que es y con certeza está muy próxima a la realidad. La de contagiados, no. Una mortalidad estival en torno a un 0,2%, que me parece bastante razonable, implicaría 2 millones y medio de contagios estivales. Es más, una mortalidad del 0,1% (nada ilógica a tenor de la bajísima mortalidad entre los jóvenes y en teoría también entre los vacunados de más edad) nos llevaría a la nada despreciable cifra de 5 millones de contagios reales tan solo en nuestra quinta ola y aquí reside lo inquietante: durante el verano, el periodo por muchísimas razones menos proclive a los contagios, incluso con la cepa delta en acción.

La pregunta que sigue es muy obvia: ¿qué nos espera entonces para el otoño y el invierno? Porque una mortalidad del 0,1% al 0,2% son muy pocos muertos si hay muy pocos contagios, pero volverán a ser miles de muertos si hay muchos contagios. Y a estas alturas ya nadie debería dudar de que las presentes vacunas en la fase de inmunización óptima (cuya duración simplemente desconocemos) son muy útiles para reducir la mortalidad, pero no tanto para reducir los contagios, máxime si se producen con la cepa delta u otras cepas emergentes, frente a las que las actuales vacunas no fueron diseñadas. Esto no suprime su eficacia, pero sabemos que la reduce.

Foto: Imagen de un hospital en la ciudad israelí de Petaj Tikva. (Reuters)

A lo largo de las diferentes fases de esta pandemia, nuestros deseos han ido a menudo por un lado y la realidad por otro muy distinto. Repasen las declaraciones de expertos de todo tipo, además de políticos, periodistas, tertulianos, 'influencers', desde enero de 2020 hasta hoy. Las cifras casi nunca han sido las que nos anunciaban que iban a ser. Tampoco los tiempos. Empezando por la patética frase de que “España no va a tener, como mucho, más allá de algún caso diagnosticado”, pronunciada por Fernando Simón el 31 de enero de 2020 si no recuerdo mal. Gravísimo error técnico, al margen de cualquier veleidad política. Repasen también todo lo que concierne a la eficacia de las actuales vacunas para ayudarnos a controlar la pandemia junto a ese concepto tan manido y mal empleado en este caso de la deseada y claramente no alcanzada (y probablemente no alcanzable de momento) 'inmunidad de rebaño'.

Que las vacunas reducen los casos graves y la mortalidad de covid-19 es incuestionable. Pero en este momento sabemos que no evitan contagios y reducen poco la circulación del virus (permitiendo que siga mutando) si nos olvidamos más de lo debido de las normas básicas de protección de contagios: mascarilla, limpieza, distancia y ventilación. Personalmente pienso que cuando se respetan estas normas básicas todas las demás medidas restrictivas están de más (más aún si la población está masivamente vacunada), y lo observado en España a partir de nuestra segunda ola en las diferentes fases de la pandemia y en diferentes comunidades autónomas creo que apoyan esta idea. De igual manera, cuando estas normas muy básicas no se respetan, hagamos lo que hagamos y por mucha restricción que añadamos, nos va mal. Y entonces nos va mal no solo en la esfera sanitaria sino también en la económica y social.

Desde ahora

¿Qué nos espera a partir de ahora? Seamos serios, no lo sabemos. Hay razones por igual para el optimismo y el pesimismo. Deseos, realidad y mucho blablablá, mientras la pandemia está parcialmente controlada en nuestro medio, pero muy lejos aún de ser vencida, mucho más si tenemos en cuenta que la solución final será global o no será.

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Foto: iStock.

Nadie debería pronunciarse al respecto en los medios de comunicación de cualquier tipo sin, por ejemplo, haber leído con sosiego y sentido crítico el excelente artículo sobre los escenarios de futuro más probables para la pandemia publicado muy recientemente en la prestigiosa revista 'Nature' (firmado, entre otros, por el prestigioso virólogo español Adolfo García Sastre, actualmente trabajando en la Facultad de Medicina Icahn-Monte Sinaí de Nueva York). Tampoco debería nadie pensar en olvidarse demasiado pronto de las medidas básicas de protección, con énfasis en las mascarillas, la distancia y la ventilación, sin haber leído el magnífico trabajo respecto a la transmisión por el aire de los virus respiratorios publicado recientemente en la revista 'Science' y que firma, entre otros, el químico español José L. Jiménez, actualmente en la Universidad de Colorado (EEUU).

El espejismo

Tomando las decisiones correctas tanto a nivel individual como en colectivo, la pandemia puede evolucionar favorablemente en nuestro medio. La combinación de vacunación masiva con dosis de recuerdo cuando esté indicada junto con un cumplimiento generalizado de las medidas más básicas para evitar contagios (mascarilla, limpieza, distancia y ventilación) han sido y seguirán siendo las claves del éxito, y en su incumplimiento en algunos sectores de nuestra población hay que buscar las claves de nuestros fracasos en las últimas cuatro olas (la primera ola fue otra historia). Las demás restricciones tienen un papel beneficioso marginal, si es que lo tienen, y bastantes efectos indeseables en lo social y económico. Aunque es una buena noticia que se supriman puede ser un problema que se vincule a un mensaje excesivamente optimista sobre la evolución de la pandemia, que aún podría ser tan solo un espejismo.

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