¿Recuerdas lo que cenaste hace dos o tres días? Probablemente no. Sin embargo, nunca olvidarás tu graduación, aquel verano, el nacimiento de tu hijo, cuando obtuviste tu primer trabajo y tantas otras cosas que son ciertamente mucho más lejanas. La explicación en el fondo es tan sencilla como que la sensación de recompensa es breve, a veces muy breve, como puede ser una comida, mientras que la sensación de alegría es bastante duradera en el tiempo.

La recompensa es algo visceral y algunos podrán calificarlo de un mecanismo primario del ser humano. Jugar en el casino o un partido, fumar o tener relaciones sexuales... serían actividades que producen dicha sensación de recompensa. Pero también lo produce comernos ese helado o ese plato de patatas fritas con una hamburguesa. Esas recompensas activan nuestra presión sanguínea y actividad del corazón.

"La recompensa es algo visceral y algunos podrán calificarlo de un mecanismo primario del ser humano"

Por el contrario, la sensación de alegría y regocijo es calmante. Leer un buen libro, escuchar música relajante o estar abrazado a tu hijo. Volviendo a las recompensas, muchas sustancias pueden generarlas sin duda. Podemos pensar en la cocaína, la heroína o la nicotina, pero también la cafeína y el azúcar.

El documental 'La verdad sobre el azúcar' de la BBC británica aborda el fenómeno muy real de la adicción al azúcar. Incluso, investigaciones previas han demostrado que el azúcar es más adictivo que la cocaína.

Según la doctora Pamela Peeke, autora del bestseller del 'New York Times', 'The Hunger Fix', los alimentos refinados y procesados que son hiperpalatables o extremadamente sabrosos secuestran y cortocircuitan el centro de recompensa en su cerebro, causando efectos idénticos a los de los drogadictos y alcohólicos.

Dicen que en el cerebro se esconden probablemente las verdades últimas sobre la biología humana. En el campo de la nutrición y alimentación, cada vez sabemos más hasta qué punto nuestro metabolismo está relacionado y aun condicionado con nuestro cerebro. El jugador compulsivo, el adicto a la cocaína, la persona que sufre ‘mono’ cuando está muchas horas sin fumar y el enganchado a la comida que produce una alta sensación de recompensa comparten cerebros altamente habituados a un neurotransmisor: la dopamina.

Las investigaciones sobre adicciones han revelado que no sentiremos ese placer de recompensa a menos que la dopamina se una con su receptor, llamado receptor D2, que se encuentra en todo el centro de recompensa de su cerebro. Cuando la dopamina se une a este receptor, se producen cambios inmediatos en las células del cerebro que producen la experimentación de un 'golpe' de placer y recompensa.

Placer al acariciar la mano de un bebé. (iStock)
Placer al acariciar la mano de un bebé. (iStock)

Sin embargo, cuando estás excesiva o constantemente expuesto a estos hiperestimuladores, el centro de recompensa de tu cerebro observa que estás sobreestimulado, lo que el cerebro percibe como adverso a la supervivencia y por lo tanto lo compensa disminuyendo tu sensación de placer y recompensa.

Y ese mecanismo de supervivencia crea algo que ya habremos adivinado: la constante exposición a un estímulo hace que con el tiempo necesitemos más del mismo para obtener la misma sensación de recompensa. Y da igual que sea cocaína o pasteles, helados, patatas fritas o hamburguesas.

Y esto no son teorías. Está demostrado. Los estudios al respecto en humanos y ratas de laboratorio indican que el consumo concretamente de dulces y azúcar puede desencadenar estados de recompensa y deseo similares a las drogas duras. Incluso los primeros pueden llegar a ser más gratificantes.

"El consumo de dulces y azúcar puede desencadenar estados de recompensa y deseo similares a los de las drogas duras"

Un estudio del 'British Journal of Sports Medicine' afirmaba: “Los datos en animales han mostrado una similitud significativa entre el consumo de azúcares agregados y los efectos de las drogas, incluidos los atracones, el deseo, la tolerancia, la abstinencia, la sensibilización cruzada, la tolerancia cruzada, la dependencia cruzada, la recompensa y los efectos opioides.”

Cuando la sensación de recompensa es buscada incontroladamente nos conduce a la miseria de la adicción. El uso compulsivo de una substancia (alimentos, drogas, nicotina, alcohol) se traduce en comportamientos compulsivos (jugar, comprar o ser adictos al tabaco, el sexo o la comida). Todo esto saturará tus mecanismos de recompensa y producirá abatimiento, frustración y malestar.

Sin embargo, pasear o caminar en la naturaleza con seres queridos o tus mascotas te produce alegría, calma y satisfacción. Es importante pues saber que la recompensa es dirigida por la dopamina, mientras la alegría y satisfacción por la serotonina. Ambos son neurotransmisores -substancias generadas en el cerebro que dirigen las sensaciones y emociones- pero muy diferentes. E independientemente de nuestra raza, cultura o edad, el idioma de los neurotransmisores es el mismo en todos los seres humanos.

Foto: iStock.
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A la luz de estas ideas, podemos por ejemplo ver que tradicionalmente la religión era en el fondo un compensador (o quizás un represor) de conductas que nos alejan de la verdadera felicidad. Sin ir más lejos, en el cristianismo los llamados pecados capitales eran sin duda actividades ‘dopamínicas’. Las actividades y vida típicamente religiosas (orar, meditar, cantar en la iglesia...) son, por el contrario, ‘serotonínicas’. ¿Cuál era por cierto ese pecado capital que no debemos olvidar? Sí, la gula.

Como no es de extrañar, intentar dar con la tecla de nuestra dopamina es uno de los santos griales del mundo del marketing: volvernos dependientes de un producto concreto. Y una de las industrias que mejor saben acceder a nuestra dopamina es, sin duda, la industria alimentaria. Como he explicado, añadir azúcar a todo es una de esas tarjetas de acceso a nuestra dopamina. Pero la entrada más directa a nuestro centro de recompensas según los expertos probablemente sea la combinación unida de azúcar, grasas y sal.

En el fondo, añadir azúcar para engancharnos a algo está lejos de ser una práctica moderna o relativamente reciente. Muy al contrario, como muestra Gary Taubes en sus investigaciones, el azúcar tiene una historia muy ligada a productos adictivos. El ron se destila, por ejemplo, de la caña de azúcar. En el siglo XVII, una vez que se añadió azúcar como endulzante del té, el café y el chocolate, el consumo de estas sustancias en Europa estalló. El azúcar se usó para endulzar bebidas alcohólicas y el vino en Europa ya en el siglo XIV; incluso las preparaciones de cannabis en la India y los vinos y jarabes a base de opio lo contenían.

"La entrada más directa a nuestro centro de recompensas es la combinación unida de azúcar, grasas y sal"

"Hay pocas dudas de que el azúcar puede calmar el ansia física de alcohol", observó el neurólogo James Leonard Corning hace más de un siglo. La biblia de 12 pasos de Alcohólicos Anónimos en EEUU recomienda el consumo de dulces y chocolate en lugar de alcohol cuando surgen los antojos de beber. En la película ‘Abajo el amor’ de 2003, Renée Zellweger interpreta como protagonista a una feminista que propone no sucumbir a los deseos del sexo y el amor. ¿Cuál es su antídoto? El chocolate.

En definitiva, nuestra relación con la comida y los alimentos, y en última instancia nuestro peso y estado metabólico como resultado de ello, está altamente condicionado por nuestro cerebro. No es de extrañar que la cultura de la comida rápida haya ido de la mano de la cultura del estrés del mundo actual urbano e interconectado donde recibimos constantes estímulos y parecemos necesitar más horas al día. Probablemente la cultura gastronómica y alimentaria de nuestros antepasados, y que tantas veces es un ejemplo a seguir, pudo desarrollarse gracias a la actitud positiva y no adictiva con la comida que favorecían los estilos de vida relajados y pausados de entonces.

Pero no todo son malas noticias ni pesimismo. Muy al contrario, hay estrategias para recuperar nuestra salud partiendo de una mejor relación con los alimentos y la comida. Como quizás hayas supuesto, se trata de calmar la dopamina practicando actividades que cultiven nuestra serotonina.

Foto: iStock.
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Por ejemplo, el experto en metabolismo y obesidad Robert Lustig propone en su libro 'The Hacking of the American Mind' acerca de estas cuestiones algunas estrategias para incluir en nuestro estilo de vida.

1. Contribuir: significa el acto de contribuir haciendo una contribución a la sociedad. Como por ejemplo actos solidarios o desinteresados, preocuparte sencillamente por los demás…

2. Hacer frente a estas cosas: la falta de sueño, el ejercicio insuficiente y la multitarea son todas causas de infelicidad. El sueño es extremadamente importante para la producción saludable de serotonina. Aquí, es importante evitar la exposición a pantallas electrónicas, ya que la luz azul inhibe la producción de melatonina, lo que dificulta el sueño.

3. Cocinar: si cocinamos, probablemente aumentaremos el triptófano (esencial para la serotonina) y reduciremos nuestro consumo de azúcar refinada.

¿Cómo se estimula también el triptófano? Una de las claves es comer alimentos de verdad (no procesados) y asegurarse de incluir alimentos con alto contenido de triptófano, como la clara de huevo. También necesitamos ácidos grasos omega-3, especialmente del tipo DHA, que es un componente de cada célula del cuerpo. Más del 90 por ciento de la grasa omega-3 que se encuentra en el tejido cerebral es DHA.

Es clave entender que felicidad y placer son dos cosas distintas, aunque no mutuamente excluyentes pero que pueden ser opuestas. Hay mucho espacio para el placer en la vida y muchas cosas pueden producirnos placer (dopamina). Sin embargo, ninguna cosa puede darte felicidad (serotonina). Las experiencias te producen felicidad. Las personas te producen felicidad. Y tú puedes hacerte feliz. Ya lo decía Benjamin Franklin: "Aquellos que buscan la felicidad en el placer no tendrán ninguna de ellas. La ciencia lo dice también".