Que nuestro estado emocional o mental afecta a nuestro bienestar es algo indudable. No en vano, el estrés relacionado con el trabajo es considerado en la actualidad una de las principales causas de incapacidad laboral, afectando al 28% de los trabajadores. Y no solo en el ámbito laboral: la crisis del covid-19 ha puesto en valor la importancia del bienestar emocional para la salud.

Mente y cuerpo parecen indisolubles, aunque en ocasiones hagamos esa dicotomía. Y la relación es bidireccional: ahora sabemos de la conexión intestino-cerebro, y de cómo las sustancias que producen ciertas bacterias en el intestino son capaces de actuar como neurotransmisores a través de ese nexo de unión entre ambos órganos, el nervio vago.

Una simple sugerencia verbal puede desencadenar el efecto nocebo (dañino y adverso) de un tratamiento

Menos novedoso, pero más conocido es el efecto placebo. El entorno más común es el de los ensayos clínicos con fármacos, donde se administra un placebo (una pastilla sin el principio activo) al grupo control, y se observa sin embargo un efecto de la intervención. En realidad, aunque se llama placebo a la sustancia, realmente lo es la administración de esa sustancia dentro de un conjunto de estímulos sensoriales y sociales que le indican al paciente que está recibiendo un tratamiento beneficioso.

El poder de la mente

Pero también existe el efecto contrario, adverso y dañino, el efecto nocebo. Una simple sugerencia verbal puede desencadenar el efecto nocebo de un tratamiento. Así el efecto secundario de disfunción eréctil se presentó en el 31% de los pacientes que tomaron un betabloqueante para tratar su hipertensión arterial y que fueron advertidos, frente al 16% de aquellos a los que no se les comunicó este posible efecto secundario. Por otro lado, el bombardeo de información en medios de comunicación, internet y experiencias personales de otras personas puede desencadenar efectos nocebos, esto es algo que se ha demostrado con noticias negativas sobre las estatinas o las hormonas (hormonofobia), algo que sufro casi a diario en mi práctica clínica.

Foto: Unsplash/@zulmaury.
Foto: Unsplash/@zulmaury.

Un nuevo estudio publicado en la revista 'Nature' añade otro episodio más al supuesto poder de la mente sobre el cuerpo. El título del artículo ya lo dice todo: 'El metabolismo de la glucosa responde más a la ingesta de azúcar percibida que a la real'. En este experimento, los investigadores comprobaron si, en sujetos con diabetes tipo 2, consumir dos bebidas idénticas en su composición (contenido de azúcar) pero con diferentes etiquetas (unas como altas en azúcar y otras bajas o light) podía afectar a los niveles de glucosa en sangre.

En realidad, la bebida facilitaba 62 calorías por cada consumición. Sin embargo, las etiquetas falsas indicaban o bien cero calorías, o bien 124. Y los resultados fueron sorprendentes: los niveles de glucosa en sangre a los 20 y 40 minutos fueron casi 20 mg/dl superiores en el grupo que creía consumir la bebida con más calorías. Además, la percepción de la cantidad de azúcar entre los participantes, pasó (en una escala de 1 a 5) de 2 en el grupo con la etiqueta baja en calorías a 4 en el grupo que vio la etiqueta alta en calorías.

Según los autores, las emociones y el estado mental se vinculan al sistema nervioso autónomo, específicamente las respuestas simpáticas o parasimpáticas a los niveles de glucosa en sangre. La percepción de ingerir una bebida con más o menos azúcar alteraría las señales en el páncreas, produciendo insulina de forma diferente y por tanto afectando a los niveles de glucosa en sangre.

Pensar antes de comer

Este trabajo se suma a otros anteriores que han demostrado la relación entre el estado mental, el consumo de alimentos y energía, y el peso corporal. En una investigación, cuando las camareras de piso que trabajan en hoteles percibieron su trabajo como un tipo de ejercicio, se produjo pérdida de peso, índice cintura-cadera, y una bajada de la tensión arterial, con respecto al grupo control. Otro estudio facilitó un batido etiquetado como alto o bajo en calorías, y midió la grelina, una hormona relacionada con el hambre; sus niveles estuvieron más relacionados con la percepción de los participantes que con la composición nutricional de las bebidas. Incluso, otro experimento demostró que cuando los participantes consumían una dieta imaginariamente baja en calorías, a pesar de ser realmente ajustada a sus necesidades energéticas, se produjo una importante pérdida de peso.

Foto: Unsplash/@thoughtcatalog.
Foto: Unsplash/@thoughtcatalog.

Todos estos resultados indican que la anticipación a la ingesta de alimento desencadena procesos metabólicos y endocrinos que afectan a cómo nuestro cuerpo procesa la energía que contienen. Y de nuevo ponen de manifiesto cómo el estado mental puede afectar a la respuesta biológica, de una forma medible con marcadores en sangre como los niveles de glucosa.

Pero donde tal vez podamos encontrar ejemplos más sorprendentes es en la ciencia del dolor. Un ensayo publicado en el 'New England Journal of Medicine' comparó el efecto sobre el dolor de rodilla provocado por la artrosis, del tratamiento quirúrgico convencional o de una cirugía placebo: artroscopia sin intervención, de forma que el paciente pensaba que había sido operado. En dos años de seguimiento, los resultados de dolor y capacidad en el grupo de la cirugía placebo fueron iguales, o incluso mejores en algunos casos, que los pacientes de los grupos que recibieron otros dos tratamientos quirúrgicos convencionales.

No hay dolor

Curiosamente, el autor de este estudio comparte apellido con un prominente investigador de la ciencia del dolor: Moseley. Uno de sus artículos, con el sorprendente título 'El efecto analgésico de cruzar los brazos', demuestra como el simple hecho de cruzar las manos, al otro lado de la línea media del cuerpo, dificulta la localización cerebral de un estímulo doloroso en las manos y, por tanto, resulta en un efecto analgésico.

De algún modo, se trata de un proceso relacionado con el alivio del dolor del miembro fantasma que se produce en amputados cuando visualizan la imagen en un espejo de su miembro sano, reemplazando aparentemente el que falta. O ese juego de niños en el que entrecruzamos las manos dándoles la vuelta para que luego nos pidan que movamos tal o cual dedo; fallamos en un buen número de veces porque nuestro cerebro no es capaz de localizar adecuadamente su posición.

Foto: iStock.
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Una reciente revisión sobre los efectos placebo y nocebo publicada en el 'New England Journal of Medicine' resalta la importancia de la empatía entre médico y paciente. Se ha visto que una buena empatía entre ambos potencia los efectos placebo y reduce los efectos nocebo, y sugiere a los profesionales de la salud capitalizar el efecto placebo de una manera no paternalista describiendo las intervenciones terapéuticas de forma realista y positiva, más que escéptica y negativa y conociendo las expectativas del paciente. Por ejemplo, explicar el porcentaje de pacientes que no tienen efectos secundarios en vez de los que lo tienen reduce la incidencia de estos efectos adversos.

El cerebro es uno de los grandes misterios a los que la ciencia no ha podido acceder por completo. Que nuestro estado emocional o mental, la información que recibimos y nuestros prejuicios afectan a nuestro bienestar, es algo que todos sentimos e intuimos. Pero todavía nos queda mucho para comprender cómo nuestra percepción de la realidad afecta a la fisiología de nuestro organismo; son muchas las fronteras inexploradas que expliquen multitud de observaciones sorprendentes. Y, sobre todo, cómo podemos manipular esa percepción para conseguir resultados positivos. Si creer que nuestra dieta es baja en calorías, aunque no lo sea, o que hacemos más ejercicio del que realmente hacemos, puede hacer que perdamos peso, tal vez tengamos en nuestra mano otra herramienta para manipular en nuestro beneficio la salud real.