Pensar en positivo: un aprendizaje necesario para vivir con ilusión
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Dr. Enrique Rojas

Tener perspectiva

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Pensar en positivo: un aprendizaje necesario para vivir con ilusión

Tener una visión optimista es fruto de educar la mirada psicológica, que mira lo bueno y lo malo de cada circunstancia para quedarse con lo primero y pensar qué puede y debe cambiar de lo que le rodea

Foto: Rafa Nadal celebra una de sus victorias. (EFE/Kiko Huesca)
Rafa Nadal celebra una de sus victorias. (EFE/Kiko Huesca)

A pocos días de las fiestas de Navidad, se nota ese cambio en el ambiente: festivo, jovial, positivo. Todos disfrutamos en mayor o menor medida de estos días, ya sea por los días libres, las cenas con los amigos, pasar tiempo con la familia… Pero el pensar en positivo realmente cambia la manera que tenemos de ver el mundo, y eso tendría que ser nuestra costumbre, nuestra realidad, nuestro hábito, para poder vivir con esa ilusión no solo en Navidad, y contagiar a quienes nos rodean de ese sentimiento optimista, alegre, alborozado, creando un entorno relativamente más feliz.

Ser una persona animada no está en el equipaje hereditario sin más: es algo que se ha ido alcanzando mediante esfuerzos repetidos

El optimismo es una forma positiva de captar la realidad. Ser una persona animada es algo que se aprende, es una tarea personal que lleva tiempo, un trabajo artesanal. No está en el equipaje hereditario sin más: es algo que se ha ido alcanzando mediante esfuerzos repetidos. Se trata de una educación de la mirada psicológica que anota lo negativo y lo positivo de cada circunstancia, pero que sabe quedarse más con lo segundo y eso le lleva a pensar en lo que puede y en lo que debe cambiar. Pone los medios adecuados para intentarlo, a pesar de los pesares. Educar es seducir con lo valioso, es convertir a alguien en persona cada vez más libre. Educar es enseñar a pensar. La cultura consiste en enseñar a vivir.

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Si sabemos manejar nuestra memoria y percepción de forma correcta, tenemos más datos y siempre hay un ángulo positivo de la realidad, una zona por donde debemos colarnos para ver la parte buena de nosotros mismos y de nuestro entorno. Se necesita querer y tener paciencia. Lo primero es determinación; lo segundo, saber esperar y saber continuar.

Poner las luces largas

La mirada inteligente es la que pone la atención en el medio y largo plazo, no en lo inmediato. Hay que poner las luces largas en el camino. De ese modo hay derrotas fuertes que al cabo de cierto tiempo se convierten en auténticas victorias. No hay que venirse abajo cuando las cosas se ponen difíciles o no salen como se esperaba. Hay que crecerse ante las dificultades, perseverar, luchar, esforzarse, insistir y levantarse de nuevo. Si esto se va practicando poco a poco, gradualmente, se convierte en una segunda naturaleza.

placeholder El velero Gladiator, durante la competición de la regata de la Rolex TP52 World 52 (EFE/Cati Cladera)
El velero Gladiator, durante la competición de la regata de la Rolex TP52 World 52 (EFE/Cati Cladera)

Hay que desechar completamente dos notas fundamentales del pesimista: el derrotismo, que no es otra cosa que adelantarse en negativo, pensar que las cosas saldrán mal; y el victimismo, creer que uno siempre sufre daños y es perjudicado, que las cosas son así y que siempre circulan por ese derrotero. Decía Winston Churchill que “el optimista ve una oportunidad en toda calamidad”. La vida es como la navegación a vela: el pesimista se queja del viento; el optimista espera que cambie y el realista ajusta las velas.

El optimismo es el arte de vivir con esperanza. Y esta manera de ver las cosas, de enfrentarse al mundo, nos ayuda a estar más cerca de una felicidad razonable, en la que exista una buena proporción de la realidad y los sueños. La felicidad descansa sobre una actitud mental positiva, un esforzado intento de vivir en armonía con uno mismo; ese camino pasa por haber ido resolviendo el fondo conflictivo que se hospeda en todos nosotros.

Es importante saber lo que uno quiere y hacia dónde va y qué es lo que persigue

A medida que vamos descubriendo la complejidad de la existencia, nos damos cuenta de que la felicidad no depende de la realidad, sino de la interpretación de la realidad que uno hace. Nuestra travesía personal no puede ser como un barco sin rumbo dejado de la mano de Dios. Por eso es importante saber lo que uno quiere y hacia dónde va, y qué es lo que persigue. Si los sentimientos son los intermediarios entre los instintos y la razón, la felicidad es la suma y compendio de la vida auténtica.

Llamada universal

La felicidad es una llamada universal de todo ser humano. Todo hombre quiere por encima de todo alcanzar la felicidad, pero pocos realmente lo consiguen. Da la impresión de que la felicidad no es de este mundo. Como si fuera algo fugaz que circula a nuestro alrededor, pero que nunca llega a invadirnos interiormente. Hay que tener en cuenta que la felicidad es un estado de ánimo, es una experiencia subjetiva, interior, que analiza la vida propia y extrae de ella una impresión positiva (felicidad) o negativa (infelicidad).

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Ser feliz es aquel estado adquirido, ganado, una operación que hace el hombre, gracias a la cual tiene una personalidad hecha, sólida, firme, con sello propio, con la cual se siente identificado, a gusto, satisfecho, tranquilo, en paz interior.

Hay una tecnología de la felicidad que nos lleva a reanudar el debate entre lo real y lo ideal; lo deseable y lo imposible. El proyecto de vida no es otra cosa que anticipar el futuro programándolo aproximadamente, mezclando tres ingredientes fundamentales: amor, trabajo, y cultura. Estas van a ser las notas esenciales que lo definen. Si la felicidad es proyecto, futuro, anticipación, quiere decir que la felicidad consiste en vivir con ilusiones, en vivir hacia delante, con esperanza.

Sabiendo esto, vamos a poner como propósito para el año nuevo que entra, ver las cosas que nos pasan de otra forma, con el objetivo de alcanzar ese estado optimista que nos lleva a lo que hemos estado buscando toda nuestra existencia: LA FELICIDAD.

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