La dieta mediterránea, basada en el consumo de aceite de oliva virgen extra, cereales integrales, hortalizas, legumbres y frutos secos, junto a un consumo moderado de pescado (principalmente azul), productos lácteos (fermentados), carne (principalmente blanca) y vino, ha sido y es actualmente sinónimo de dieta saludable. De hecho, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), es uno de los patrones dietéticos más saludables del mundo, ya que son muchos los estudios que han demostrado con el muy alto nivel de evidencia científica que la población que sigue esta dieta tiene una menor incidencia de enfermedades cardiovasculares, diabetes, hipertensión arterial, obesidad, enfermedades neurodegenerativas e incluso determinados tipos de cáncer.

El vino (principalmente tinto) es, junto al aceite de oliva y los cereales (pan), uno de los pilares de esta dieta mediterránea. En este contexto, merece destacarse un estudio publicado en la revista Bristish Medical Journal que concluyó que un 20% del efecto protector de la dieta mediterránea se debía al consumo moderado de vino.

"Numerosos estudios han demostrado los efectos protectores del vino sobre el sistema cardiovascular"

El vino contiene esencialmente una proporción baja de alcohol, alrededor del 12-14%, y también muchos otros componentes bioactivos como los polifenoles. Desde hace más de 20 años, numerosos estudios epidemiológicos (más de 100) han concluido que la relación entre el consumo de alcohol y mortalidad total sigue una curva en “J”, de modo que los consumidores moderados de alcohol presentan una menor mortalidad total que las personas abstemias y, por supuesto, mucho menos que los bebedores excesivos. También se dispone de numerosas evidencias científicas de los efectos protectores del consumo regular de polifenoles, del vino y otros alimentos, como aceite de oliva virgen extra, fruta y hortalizas, sobre la salud.

No obstante, a pesar de estas evidencias, recientemente han aparecido dos artículos en la revista The Lancet que han concluido que el consumo ideal de alcohol debía aproximarse a “cero”. Aunque estos estudios han sido criticados por supuestos errores metodológicos, puestos de manifiesto en cartas al director en la misma revista, lo cierto es que la difusión del mensaje que ha prevalecido en los medios de comunicación ha sido el original. Paralelamente, han ido apareciendo otros trabajos sobre los efectos beneficiosos del consumo moderado de bebidas alcohólicas, como, por ejemplo, uno publicado en la revista JAMA Network Open (2019) sobre los efectos protectores del vino y otras bebidas alcohólicas en el deterioro cognitivo. Los bebedores ligeros, edad media de 78 años, presentaron una reducción del 55% (!) en el riesgo de desarrollar una demencia.

Foto: Unsplash/@sonson
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También deben señalarse los numerosos estudios que han demostrado los mecanismos de los efectos protectores del consumo moderado de vino sobre el sistema cardiovascular (mejoría de la sensibilidad a la insulina y del perfil lipídico) e incluso el cáncer (efectos anti-inflamatorios y anti-proliferativos de los polifenoles del vino). En este mismo contexto, se han publicado dos trabajos recientes que merecen destacarse. En la prestigiosa revista Gastroenteroly (2019) se ha publicado un estudio con 916 gemelas británicas en el que se concluyó que el consumo de vino tinto contribuía a una microflora intestinal más saludable (más diversa) y menor riesgo cardiovascular. Asimismo, el grupo de investigación de Neuroquímica de la Universidad de Castilla-La Mancha (UCLM) ha publicado que el resveratrol, molécula presente en la uva tinta, podría tener un efecto neuroprotector frente a enfermedades neurodegenerativas como el alzhéimer. Según este estudio, el resveratrol es capaz de actuar en el cerebro de manera semejante a las moléculas mensajeras naturales de la célula, contribuyendo a paliar el efecto de degeneración y muerte celular que se produce en las neuronas del cerebro de las personas que padecen la enfermedad de alzhéimer.

No obstante, quedan pendientes de demostrar de forma concluyente los efectos protectores del consumo moderado de vino sobre el cáncer. Muchos investigadores han cuestionado esta relación, pero empezamos a disponer de evidencias que la apoyan. En este sentido, en un meta-análisis de los efectos de la dieta mediterránea sobre el cáncer publicado en la revista Nutrients (2017) se concluyó que el alimento con mayor peso en la protección de la dieta contra el cáncer era el consumo moderado de vino, y así se ha remarcado en una reciente editorial en esta misma revista (2019). Es probable que muchos de los estudios epidemiológicos sobre la relación entre consumo moderado de alcohol, en general, y de vino, en particular, hayan tenido errores metodológicos como un inadecuado registro del consumo diario de bebidas alcohólicas que permita diferenciarlo del consumo de solo el fin de semana (binge drinking), y sobre todo no haber tenido en cuenta el patrón dietético que acompaña a la ingesta de alcohol. Es muy diferente consumir vino dentro del patrón de dieta mediterránea que fuera de él (patrón dietético occidental), ya que los resultados en cuando a la relación con la incidencia de cáncer pueden ser contrapuestos.

Por todo ello, el vino debería consumirse con moderación, con las comidas y siempre siguiendo un patrón de alimentación saludable, como nuestra dieta mediterránea.