El aumento de la esperanza de vida media al nacer en los países industrializados se ha duplicado en los dos últimos siglos. De los 40 años de esperanza de vida media a principios del siglo XIX hemos pasado a superar los 80 años en la actualidad. De estos 40 años de vida extra, 30 se han ganado a lo largo del siglo XX gracias a la aparición de la salud pública, la potabilización del agua, la antibioterapia, la anestesia y los grandes avances de la medicina y la cirugía en lo relativo a los diagnósticos y tratamientos.

España goza de una de las esperanzas de vida media más longevas del mundo y las proyecciones publicadas en distintos estudios nos llevan a ser el país de mayor longevidad mundial a partir de 2040. Para 2063, la esperanza de vida media de las españolas superará los 95 años y en el caso de los hombres, los 92.

Se incrementa la esperanza de vida, pero no se asocia a un estado de plena funcionalidad y salud

Sin embargo, este incremento de la esperanza de vida no se ha asociado a un alargamiento de la vida plena en funcionalidad y salud. De hecho, algunos estudios han cuantificado que de los 30 años de vida extra conseguidos en el siglo XX, únicamente 27 meses lo son de salud plena. El reto está servido. España se enfrenta a una sociedad profundamente envejecida con todas las connotaciones que ello implica. Es un reto global, de primer orden y no solamente sanitario, sino también político, económico y social.

Desde el punto de vista sanitario los esfuerzos deben centrarse en extender y mejorar la vida en salud, en lograr un envejecimiento saludable. Los seres humanos, al igual que la mayoría de los seres vivos, nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos. Estamos sometidos a la senescencia programada que se manifiesta por el lento y progresivo declive vital, por el inexorable proceso de envejecimiento. Algo que la ciencia ha considerado como fisiológico hasta que a finales del siglo pasado se empezaron a levantar voces acreditadas señalando al envejecimiento como el principal causante de las enfermedades crónicas no transmisibles.

Foto: iStock.
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Precisamente aquellas que lideran el ranking de las causas de mortalidad de los países desarrollados. El envejecimiento empieza a ser visto, por tanto, como una enfermedad cuyo abordaje trataría en bloque todas las enfermedades relacionadas con el proceso de envejecimiento. De hecho, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha aprobado a finales de 2018, en la nueva Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-11), un nuevo código que califica al envejecimiento como patología.

Son cinco los grandes grupos de las enfermedades del envejecimiento. Las cardiovasculares, que compiten con el cáncer por el primer lugar; las metabólicas, en especial la diabetes tipo 2; las neurodegenerativas, con el alzhéimer a la cabeza, y las del aparato locomotor, como la artrosis, la osteoporosis y la sarcopenia. Todos tendremos alguna o varias de ellas y muy probablemente una de ellas sea la que desencadene nuestra muerte. Hasta los 35-40 años disfrutamos de la denominada 'vida libre de enfermedad' y es a partir de esta edad cuando la incidencia de estas enfermedades se dispara.

Todas las enfermedades relacionadas con el proceso de envejecimiento son enfermedades crónicas que se gestan a lo largo de años, entre 5 y 20, antes de que se manifiesten; antes de que presenten su primer síntoma. Son muchos años los que estas enfermedades pasan en su fase silente o subclínica y es precisamente en esta fase cuando debe hacerse el diagnóstico precoz y el abordaje preventivo con el objetivo de posponer su aparición y comprimir su presencia en los últimos años de nuestras vidas, en lo que desde los años 80 se ha denominado la compresión de la morbilidad. De esta manera, nuestra vida libre de enfermedad se alargaría 15 o 20 años al igual que la vida en discapacidad, dependencia, malestar y sufrimiento se comprimiría a los últimos años, meses o, a ser posible, días de nuestra vida.

En este contexto, desde hace años, se habla del Paradigma Sanitario del Siglo XXI, que complementa al Paradigma Reactivo del siglo XX. Es un paradigma proactivo, preventivo, predictivo, personalizado, participativo, placentero y de precisión. La medicina de las 7 P.

  • Proactivo. Porque requiere que cada individuo asuma la responsabilidad de su salud más allá la actitud reactiva de acudir al médico únicamente cuando se esté enfermo. Somos cada uno de nosotros los máximos responsables de nuestra propia salud, principalmente con la adopción de estilos saludables de vida en lo relativo a la actividad física, hábitos nutricionales y la limitación o cese de hábitos tóxicos como el tabaco, el alcohol o el consumo de drogas. Nadie podrá ejercitarse por nosotros, nadie podrá comer por nosotros, nadie podrá dejar de fumar por nosotros… Además, la proactividad con respecto a nuestra salud sobrepasa el ámbito de lo personal, siendo un acto de profunda solidaridad para con nuestros seres queridos y para con la sociedad. Ahorraremos sufrimiento a los primeros y recursos, que son limitados, a la segunda.
  • Preventivo. Porque aborda las enfermedades relacionadas con el proceso de envejecimiento en la fase subclínica o silente, antes de que empiecen a dar síntomas, mediante la adopción de estilos de vida saludables y otras estrategias sanitarias más sofisticadas. De sobra es sabido que por cada euro invertido en prevención de la salud se genera un retorno en forma de ahorro de 3-4 euros en un horizonte temporal inferior a 5 años vista. Son pocos los países que desarrollan políticas serias de prevención a largo plazo. La mayoría de las políticas sanitarias son cortoplacistas al igual que en otros ámbitos. En España existen estrategias de promoción de la salud y prevención de la enfermedad tanto a nivel estatal como autonómico y municipal, la mayoría de ellas en fases iniciales o no totalmente implementadas.
  • Predictivo. Porque el análisis adecuado de los biomarcadores genéticos, de salud y longevidad permite predecir con años de anterioridad los riesgos para desarrollar una o varias de las enfermedades relacionadas con el proceso de envejecimiento. Desde que en 1990 se fundara el Proyecto Genoma Humano y hasta su presentación del primer borrador hace casi 20 años se han abierto grandes expectativas para evolucionar hacia una medicina predictiva totalmente personalizada. Esta revolución prevista para principios de la segunda década del siglo no se ha producido y ahora, a punto de terminar la década, se empiezan a implementar tímidamente algunas actuaciones de la medicina predictiva. El ACMG (American College of Medical Genetics and Genomics) recomienda el cribado de 59 genes vinculados con el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares y de cáncer, entre otras, y sobre las que una intervención médica preventiva puede estar indicada.

Foto: iStock.
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  • Personalizado. Porque lo que se considera genéricamente bueno para todos no necesariamente tiene que ser bueno para cada uno en particular. Porque cada persona tiene una genética única, unas circunstancias vitales y unos hábitos de vida propios que hacen que la respuesta al ejercicio, la nutrición, el sueño e incluso a los diferentes fármacos sea totalmente particular. Por ello, el abordaje de cada individuo se tiene que ajustar a su estado de salud, circunstancias vitales, determinantes genéticos y objetivos, maximizando así los resultados y beneficios.
  • Participativo. Porque involucra a distintos profesionales sanitarios y no sanitarios junto con el individuo o paciente. Médico, nutricionista, entrenador, psicólogo…, un equipo que trabaje de manera coordinada en la consecución de los objetivos personales de cada uno. Actualmente en nuestro país, el grado de formación de los distintos profesionales sanitarios y de los que todavía no lo son, y deberían serlo (los licenciados en Ciencias de la Actividad Física expertos en salud), es excelente. Salvo algunas honrosas excepciones en el ámbito municipal o autonómico, queda mucho por hacer, pero quizás lo más determinante sea la proactividad de cada uno de nosotros como verdaderos responsables de nuestra propia salud.
  • Placentero. Porque el hecho de cuidar de nuestra salud desde la ausencia de enfermedad no debe ser un motivo de preocupación e imposición, sino de placer y bienestar. No hay nada más placentero que encontrarse bien, sin dolores articulares, sin sobrepeso, sin tos producida por el tabaco o molestias digestivas provocadas por unos malos hábitos nutricionales... Qué duda cabe que adoptar estilos saludables de vida no es fácil y requiere de esfuerzo. Como decía el profesor Grande Covián, “se cambia antes de religión que de alimentación”. Por ello los estilos saludables de vida deben adquirirse durante la infancia y adolescencia y somos los padres los verdaderos responsables. No obstante, se pueden adquirir de adultos y aunque no sea en su total plenitud, cualquier cambio hacia los buenos hábitos de vida, por pequeño que sea, nos hará sentir mejor.

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  • De precisión. Todas las P anteriores se condensan en el concepto de la medicina de precisión. En 2015, el expresidente de los EEUU, Barack Obama, presentó la PMI, Precision Medicine Initiative (Iniciativa para la Medicina de Precisión). Un ambicioso proyecto de abordaje del tratamiento y prevención de la enfermedad que tiene en cuenta la variabilidad interindividual del genoma y del ambioma (entorno y estilos de vida). Para ello se está estudiando una muestra de al menos un millón de personas en lo relativo a su genética, numerosos biomarcadores, estilos de vida, entorno vital y circunstancias sobrevenidas que permitirán a los investigadores entender, predecir y tratar con mayor eficacia la salud y la enfermedad.

Como dije anteriormente, el Paradigma Sanitario del Siglo XXI complementa, que no sustituye ni mucho menos, al del siglo XX. Ambos deben convivir y por ello es
necesario que la sociedad en general, las instituciones y los profesionales involucrados salgan de su 'anchor bias' o sesgo de anclaje, que no es otra cosa
que la tendencia humana a resistirse a las novedades, al cambio, y sean permeables a este reto global de primer orden. De lo contrario estaremos
abocados a un colapso socioeconómico de dimensiones impredecibles en no más de dos décadas.