Betaína, el gran secreto de la remolacha
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Ángel Durántez

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Betaína, el gran secreto de la remolacha

Es un nutriente relativamente poco conocido con funciones relacionadas con las vitaminas del grupo B y con gran potencial para la mejora de la salud hepática, cardiovascular e incluso como regulador de la inflamación en los deportistas

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La betaína es un derivado del aminoácido glicina, siendo de hecho su otra denominación la de trimetilglicina o TMG. La betaína se identificó por primera vez en el siglo XIX en la remolacha, recibiendo por ello su nombre (la denominación científica de la remolacha es Beta vulgaris). Además de en este tubérculo, esta sustancia se encuentra en abundancia en alimentos como la espinaca, los moluscos o el trigo. También puede ser sintetizada en el organismo, a partir de otro nutriente poco conocido, pero de gran importancia, como es la colina. En el organismo, la betaína es especialmente abundante en el riñón, donde ayuda al mantenimiento del balance de electrolitos, y en el hígado.

"La betaína reduce el estrés oxidativo y la inflamación hepática, y estimula los mecanismos que utilizan las grasas para obtener energía"

La importancia biológica de la betaína es su capacidad para donar a otras moléculas una parte denominada grupo metilo. Esto es importante porque, gracias a esa acción (llamada metilación), la betaína facilita la transformación de la homocisteína en metionina. Esto tiene importantes implicaciones tanto para la salud cardiovascular (niveles elevados de homocisteína se asocian a riesgo cardiovascular) como para la salud hepática.

Papel hepatoprotector

Uno de los primeros usos potenciales que se encontraron para la betaína fue como agente terapéutico ante la esteatosis hepática. Este término hace referencia a la acumulación de grasa en el hígado asociada a un estado de inflamación, y que es un paso previo al desarrollo de la cirrosis hepática o cáncer de hígado y una de las principales causas de trasplante hepático. El alto consumo de alcohol se asocia con la esteatosis hepática, pero también la obesidad y el síndrome metabólico, en lo que se denomina el hígado graso no alcohólico, una enfermedad cada vez más frecuente.

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La observación de que la betaína reduce o previene la acumulación de grasa en el hígado llevó a estudiar su uso para atenuar las alteraciones hepáticas. No hay ningún tratamiento aprobado para el hígado graso no alcohólico, estando varios fármacos en fase de ensayos clínicos. Entre otros mecanismos, la betaína reduce el estrés oxidativo y la inflamación hepática, y estimula los mecanismos que utilizan las grasas para la obtención de energía, reduciendo a la vez su producción.

Una sustancia clave en la salud hepática es la S-adenosilmetionina (abreviada SAM), de la que en el hígado se consumen diariamente entre 6 y 8 gramos, una cantidad importante. Esta sustancia puede formarse bien a partir de la homocisteína, gracias a la betaína, o bien por otra ruta en la que participan la vitamina B12 y el ácido fólico. El consumo de alcohol es fatal para el hígado, ya que reduce enormemente los niveles de estas dos últimas vitaminas, lo que a su vez hace que se desplomen los niveles de SAM. Esto eleva el estrés oxidativo y inflamación hepática. Estudios en animales han demostrado cómo la suplementación con betaína ayuda a atenuar el efecto del alcohol, al recuperar los niveles de SAM por esa otra ruta alternativa.

Una reciente revisión sobre el uso de betaína en la enfermedad hepática demuestra su efectividad en ensayos animales para reducir o prevenir el daño hepático inducido por el alcohol o dietas inadecuadas. Sin embargo, tan solo se han desarrollado cuatro ensayos clínicos en humanos hasta la fecha. Los autores señalan la necesidad de profundizar en estudios en humanos, dado el bajo coste, efectividad potencial e inocuidad de la betaína.

Estudio en futbolistas

Un ensayo reciente desarrollado en la Universidad de Extremadura con futbolistas profesionales encontró que la suplementación con betaína durante 14 semanas redujo los marcadores de inflamación entre un 24% y un 40% al final de la temporada, mientras que en el grupo de jugadores que no la tomaron los aumentaron en un 26%. Los autores señalan que esto puede ayudar a la recuperación de los jugadores, reducir el riesgo de lesión y prevenir el sobreentrenamiento.

Lo cierto es que la betaína ha demostrado ser capaz de modular la inflamación, además de favorecer la formación de poderosos antioxidantes como el glutatión o la ya mencionada SAM. En concreto, inhibe la activación del factor nuclear kappa B (NF-kB). Esta ruta está activada de forma crónica en numerosas enfermedades y, de hecho, es uno de los objetivos de nuevos fármacos biológicos que intentan atenuar sus síntomas

La betaína, además, podría ser beneficiosa para mejorar la composición corporal al reducir la acumulación de grasa, favoreciendo la utilización de esta para la obtención de energía

Betaína y riesgo cardiovascular

La relación entre betaína y la ya mencionada colina, y el riesgo cardiovascular, es de doble filo. Por un lado, existen sospechas de que ambas sustancias podrían aumentar el riesgo cardiovascular, a través de la producción de una sustancia denominada trimetil amina N-óxido, o TMAO. Este descubrimiento relativamente reciente puso en el punto de mira alimentos ricos en estos nutrientes como la carne roja por su contenido en carnitina, que también puede ser fuente de TMAO con participación de la microbiota intestinal.

La otra cara de la moneda es que es potencialmente beneficiosa, ya que puede ayudar a reducir los niveles de homocisteína en sangre. Niveles elevados de esta sustancia se asocian con mayor riesgo cardiovascular. Como hemos mencionado, la betaína ayuda a transformar la homocisteína en metionina, inhibiendo por tanto su efecto negativo.

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En relación con el primer punto, una revisión sistemática que analizó los datos de más de 184.000 individuos no encontró una relación entre la ingesta dietética de betaína y colina y el riesgo de enfermedad cardiovascular o muerte por esta causa.

Afortunadamente, también contamos con una revisión exhaustiva sobre la suplementación con ella y su efecto en marcadores de riesgo cardiovascular. Y se confirma el racional a partir de la bioquímica y de los estudios en animales. La suplementación con hasta 4 gramos al día de betaína reduce los niveles de homocisteína de forma significativa, sin efectos adversos. Dosis mayores han resultado en algunos estudios en una elevación de los triglicéridos o de los niveles de LDL. Por tanto, lo ideal sería mantenerse por debajo de esos 4 gramos.

A la espera de más datos

Como ya hemos mencionado en alguna ocasión, nutrientes como las vitaminas o los minerales reciben toda la atención. Sin embargo, existen nutrientes clave, no tan conocidos como la betaína o la colina, de los que es común la deficiencia dietética, y que tienen un potencial terapéutico enorme. En el caso del hígado graso no alcohólico, conozco de cerca dietistas-nutricionistas que gracias a dietas ricas en ambos nutrientes y a la pérdida de peso han obtenido resultados sorprendentes. Algo para lo que por el momento no contamos con tratamiento farmacológico aprobado.

Lo cierto es que, analizando el funcionamiento de los ciclos bioquímicos, es de lógica que una carencia de alguna de las sustancias participantes en ellos pueda detenerlos o ralentizarlos, con impacto importante para la salud. La suplementación con betaína es una intervención sencilla, segura, de bajo coste, y que puede resolver el problema en su origen. Tal vez antes de desarrollar nuevos tratamientos sería interesante estudiar a fondo el uso de esta terapia segura, para optimizar su utilización clínica.

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