El balón intragástrico, uno de los tratamientos más radicales contra la obesidad, ha alcanzado en poco tiempo una importante popularidad. Al mencionar su radicalidad, me refiero a dos aspectos: por un lado, a toda la parafernalia intervencionista necesaria para su implantación y manejo, alejada de los tratamientos más convencionales; y por el otro, al escasísimo uso que la sanidad pública hace de este método (sus motivos habrá), lo que ocasiona que, salvo contadas excepciones, el 100% de los balones intragástricos sean implantados en centros privados, con o sin la mediación de un seguro 'ad hoc'. Este último hecho debería asombrarnos, si cabe, aún más que la mencionada popularidad, y es que, nos pongamos como nos pongamos, su coste no hace del balón intragástrico un recurso precisamente barato. Más si observamos su raquítica tasa de éxito en el tratamiento de la obesidad a medio o largo plazo.

Historia y desarrollo del balón intragástrico

No es necesario remontarse a los orígenes de los tiempos para conocer el nacimiento de esta clase de procedimientos. La Food and Drug Administration (la FDA) dio luz verde para la comercialización del primer dispositivo intragástrico de quita y pon en 1985; se trataba de la burbuja cilíndrica Garren-Edwards. Su éxito, si se pudiera hablar en estos términos, fue breve, ya que para 1988 se retiró del mercado debido a unos pobres resultados en la consecución de la pérdida de peso. En su retirada también influyeron de forma considerable el fallecimiento de un paciente y las no poco infrecuentes complicaciones, obstrucciones intestinales, úlceras y erosiones gástricas en los primeros pacientes.

El primer balón se comercializó en 1985; tres años después, se retiró del mercado por sus pobres resultados

A partir de este punto, la historia de los balones intragástricos siguió dos caminos bien distintos en virtud del área geográfica observada: mientras en Estados Unidos se denegó la comercialización de cualesquiera que fueran los nuevos dispositivos presentados (algo que duró hasta hace tres años), en el resto del mundo, lo que incluye a Europa, los balones intragástricos se popularizaron de forma asombrosa a partir de la década de los noventa. Así, se vio aflorar balones de material diverso (poliuretano, silicona…) que se rellenaban con diferentes sustancias (desde distintas combinaciones de gases a diversas soluciones líquidas), con un volumen también muy variable y con varias aplicaciones en virtud de las características del paciente (desde uno, dos o hasta incluso tres balones ubicados en el mismo momento o de forma sucesiva uno detrás de otro). Su relativamente fácil implantación y la posibilidad de eludir la siempre acongojante sala de un quirófano fueron claves de su éxito. Sin sangre y sin convalecencia son poderosas razones que siempre ayudan a tomar una decisión. En especial si al mismo tiempo se escuchan rotundas palabras de éxito por parte del profesional o equipo sanitario encargado de su comercialización.

¿Funciona o no funciona?

Pues 'depende' es lo que habría que responder. Depende de en qué criterios se base su 'funcionamiento'. Desde luego, si se trata de poner coto a la epidemia de obesidad planetaria, la respuesta es un contundente no. También es que no si se considera de forma individual la pérdida de peso a largo plazo. Sin embargo, si lo que nos interesa es perder peso en el corto plazo para volverlo a ganar con una altísima probabilidad en poco tiempo, su éxito es arrollador. Para entender de forma adecuada sus resultados en el corto y largo plazo, solo hay que comprender los mecanismos a partir de los cuales el balón intragástrico 'ayuda' a perder peso:

  1. La ubicación del dispositivo limita la capacidad del estómago. De esta forma, se imposibilita comer más volumen de alimento que el que sería posible sin el balón. La capacidad del estómago para recoger los alimentos es una y el balón intragástrico la reduce.
  2. Ayuda a generar una sensación artificial de saciedad.

Ocupa el lugar destinado a la comida. (iStock)
Ocupa el lugar destinado a la comida. (iStock)

No obstante, algunos estudios han puesto de relieve que la pérdida de peso con el balón no es diferente de la experimentada por aquellas personas que, sin balón, se sometieron a las mismas condiciones dietéticas y de consejo nutricional que las que sí llevaban el balón. Es decir, mientras se coma lo mismo, la pérdida de peso es prácticamente idéntica, tanto si se lleva esta clase de dispositivos como si no. Algo que también se ha puesto de relieve en algunas revisiones de la literatura científica sobre el tema. No se debe olvidar que el balón intragástrico es, siempre, un dispositivo con una aplicación temporal parcial, es decir, que un día se implanta y pasados de tres a seis meses se retira.

Mientras se coma lo mismo, la pérdida de peso es prácticamente idéntica, tanto si se lleva esta clase de dispositivos como si no

En la práctica, se pueden extraer dos conclusiones: la primera, que el tiempo en que está implantado el dispositivo ha de aprovecharse de la mejor manera junto a un equipo multidisciplinar para cambiar una serie de hábitos que habrán de prolongarse más allá de la retirada del balón. Un hecho que en la práctica sucede raras veces. Y la segunda —una derivada de la no aplicación habitual de la primera conclusión— es que aunque inicialmente se pierda una cierta capacidad de peso, no hay ninguna garantía de mantener la pérdida. Conociendo la etiología de la obesidad, lo más probable es que en un plazo relativamente corto o largo (según se mire), el paciente recuperará un peso muy similar al inicial. En el trabajo de seguimiento más largo conocido, cinco años, la media de peso perdida por los 118 pacientes al final del estudio fue dos raquíticos kilos. Ya fueran pacientes que utilizaron una única vez esta clase de dispositivos o que repitieron en su implantación.

Los efectos colaterales del balón intragástrico

Tras el fracaso de la burbuja Garren-Edwards en 1988, las autoridades norteamericanas tardaron hasta 2015 en autorizar la comercialización del siguiente dispositivo de esta categoría, llamado ReShape Integrated Dual Balloon™, y en 2016 le siguió el Orbera Balloon™. En este contexto, la FDA dirigió en febrero de 2017 un comunicado a todos los proveedores sanitarios (médicos, seguros sanitarios…) alertándoles de los riesgos potenciales en el uso de esta clase de dispositivos. Más en concreto, los riesgos detectados en sendos dispositivos debido al inflamiento excesivo de uno de ellos, que requirió la recuperación prematura del dispositivo a causa del intenso dolor abdominal del paciente, que además presentó dificultad para respirar; el otro, debido a los casos de pancreatitis aguda desarrollada por varios pacientes a los que se les tuvo que retirar el balón, necesitando hospitalización cuatro de ellos.

Las complicaciones son relativamente frecuentes y un número significativo de ellas acaba en fallecimiento

Pues bien, apenas seis meses más tarde, en agosto de 2017, la FDA volvió a dirigirse a los proveedores de salud para informar de cinco fallecimientos ocasionados por la implantación del famoso balón, si bien es cierto que se desconocía si las muertes fueron ocasionadas por el dispositivo en sí o por el procedimiento durante su colocación. Además, este escrito de la FDA también informó de otras dos muertes adicionales debidas a las complicaciones derivadas de una perforación gástrica en el uso del dispositivo Orbera Balloon™ y una perforación esofágica con el ReShape Integrated Dual Balloon™. Más allá de lo observado por la FDA, que a fin de cuentas no tiene una experiencia tan dilatada como las autoridades sanitarias de otros países con este tipo de tratamientos, es preciso coincidir en que si bien las complicaciones no son habituales (ulceraciones gástricas y esofágicas, obstrucciones intestinales y pancreatitis), sí que son relativamente frecuentes, y que de ellas un número significativo ha acabado con el fallecimiento de los pacientes.

Lo último de lo último: la Cápsula Elipse™

En los últimos meses, ha irrumpido en este mercado la conocida como Cápsula Elipse™, un dispositivo que con una filosofía muy similar a todos los anteriores dispositivos destaca por dos características. Por un lado, no precisa de endoscopia ni anestesia para su implantación, ya que el dispositivo, del tamaño de una almendra, se traga unido a una cánula; cuando la cápsula llega al estómago, esta se hincha gracias a la cánula, que al terminar se desprende y se extrae por la boca. Por otro lado, tampoco requiere intervención a la hora de retirarse, ya que pasados cuatro meses en el estómago, el balón se degrada y es eliminado naturalmente por el tubo digestivo. En un principio, la Cápsula Elipse™ sortea algunas de las complicaciones habituales en la implantación y retirada de otros dispositivos, pero ni mucho menos está libre de otros riesgos inherentes a este tipo de técnicas.

Por ejemplo, en este informe (de hace seis meses) se describe el caso de un paciente que tuvo que ser intervenido de una obstrucción de intestino delgado ocasionada por el desplazamiento de la Cápsula Elipse™. Curiosamente, esta complicación no aparece reflejada en la página web del fabricante dentro de la bibliografía que justifica sus 'excepcionales' cualidades. Lo que sí anuncian es la implementación de un estudio impulsado por ellos mismos, el 'Enlighten Study', en el que todo sale entre muy bonito y perfecto. Además, es preciso conocer que, a pesar de su masiva irrupción en el mercado, la Cápsula Elipse™, a día de hoy, no está autorizada por la FDA. De hecho, al entrar en su página, lo primero que dicen es que los contenidos de su web no están dirigidos a ciudadanos estadounidenses, ya que su producto no ha recibido la aprobación de la FDA para su comercialización y por tanto no está disponible dentro de las fronteras de Estados Unidos.

Buscamos atajos para la báscula y la cinta métrica. (iStock)
Buscamos atajos para la báscula y la cinta métrica. (iStock)

Si el problema de la obesidad es tan importante y si este tipo de herramientas se postulan tan eficaces y definitivas, ¿por qué la sanidad pública no las emplea? Pues es posible que sea porque el balón intragástrico no asegura 'per se' la pérdida de peso. La Seguridad Social tampoco cubre las cuotas de un gimnasio ni las clases de cocina. Por tanto, su uso queda casi totalmente restringido al uso privado, que es especialmente sensible a los desmanes de algunos a la hora de hacer de la venta y del balance de cuentas su único 'leitmotiv'. Y siendo las cuestiones relativas al peso una preocupación tan generalizada, a ciencia cierta que poca fuerza necesitarán hacer para tener éxito.

A modo de resumen, creo que conviene tomar en consideración las conclusiones de este reciente estudio de revisión a la hora de cuestionar la necesidad en el mercado del balón intragástrico como estrategia para combatir la obesidad: “Según la evidencia disponible, es poco probable que el uso del balón intragástrico se imponga ante otras formas de tratamiento de la obesidad. El costo estimado de la implantación y recuperación de globo endoscópico es de unos 8.150 dólares. Además, el escaso porcentaje de pérdida de peso del balón intragástrico frente a otros procedimientos y sus posibles pero importantes complicaciones de salud hacen poco probable que el balón intragástrico termine implantándose de forma generalizada. Asimismo, y teniendo en cuenta la reciente advertencia de la FDA, la permanencia del balón intragástrico en el mercado es cuanto menos cuestionable”.

Así pues, el balón intragástrico 'funcionará' en la medida en que el paciente asuma un cambio permanente en su alimentación y en general en sus hábitos de vida. Mientras no se observe esta inviolable premisa, su efecto sobre el peso será, tal y como decía mi abuelo, el mismo que untarse las orejas con vino, algo que al menos es más barato y carece de riesgos indeseados (que se sepan).

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Por Juan Revenga (@juan_revenga)