Si hiciéramos una encuesta de popularidad al respecto de las vitaminas, veríamos que unas salen mejor paradas que otras. Probablemente, el trío ganador serían la vitamina C, tan conocida como antioxidante y por supuestamente ayudar a combatir el resfriado; la vitamina B12, especialmente por las implicaciones de la deficiencia en una dieta vegana, cada vez más popular; y la última en llegar al hall of fame, que es la vitamina D, la vitamina del sol, de la que buena parte de la población tiene carencia y de la que cada vez se descubren más funciones vitales.

El resto de vitaminas parecen quedar relegadas a un segundo plano. Tal vez se haya escuchado hablar de la B9 o ácido fólico, por el embarazo, o de refilón de la biotina o del ácido pantoténico por los anuncios de cosméticos. Los carotenos suenan también en cosmética, pero no muchos conocen que se trata de la provitamina A, que el cuerpo transforma para obtener el famoso retinol (la vitamina A activa) de algunas cremas antienvejecimiento. Y si en alguna etiqueta hemos visto mencionado el tocoferol, realmente nos hablan de la vitamina E, uno de los principales antioxidantes del organismo, que también se puede usar para preservar alimentos o preparados farmacéuticos. El resto de vitaminas del grupo B son menos conocidas.

"A los pacientes anticoagulados con Sintrom se les suele recomendar una dieta controlada en vitamina K"

Pero de la vitamina K… apenas se habla, aunque probablemente sea la primera con la que nos encontramos al nacer. Y es que, desde hace años, se usa la inyección intramuscular de esta vitamina en neonatos para evitar el riesgo de hemorragias. Esta vitamina se transfiere con dificultad a través de la placenta de la madre al niño. Además, otra posible ruta para obtenerla es su formación por las bacterias del intestino delgado (la microbiota). Pero en recién nacidos, el intestino no está colonizado y no pueden tampoco obtenerla de este modo.

Foto: iStock.
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Otra situación conocida en la que la vitamina K entra en juego es en pacientes anticoagulados con fármacos cumarínicos (el famoso Sintrom). Estos fármacos son precisamente antagonistas de la vitamina K, dado que esta participa en la regulación de la coagulación de la sangre. Por tanto, a estos pacientes se les suele recomendar una dieta controlada en vitamina K para evitar que variaciones muy marcadas en la ingesta pudieran alterar el efecto anticoagulante de la medicación. Pero la vitamina K tiene otras funciones importantes, que vamos a revisar a continuación.

¿Para qué sirve la vitamina K?

Como sucede con la ya mencionada vitamina A, que podemos encontrar como betacarotenos en vegetales o como retinol en alimentos de origen animal, la vitamina K es una vitamina liposoluble que se encuentra en la dieta en diferentes formas. Por una parte, tenemos la vitamina K1 o filoquinona, de la que son muy buena fuente las verduras de hoja verde, como la col, la espinaca, el brócoli o las coles de Bruselas, pero también son ricos en ella los aceites vegetales, desde donde se absorbe más fácilmente. El 90% de la ingesta nutricional de vitamina K es en forma de K1. Por otro, nos encontramos con la vitamina K2 o menaquinona, de origen bacteriano, de la que existen varias formas (MK-4 a MK-11) dependiendo del alimento y constituyen el 10% de la ingesta nutricional de vitamina K. Podemos encontrarla en la yema de huevo, el pollo, la mantequilla, algunos quesos o fermentados de soja como el natto.

Aliada contra la osteoporosis

La vitamina D tiene fama de ser, entre otros, buena para los huesos. Y es que ciertamente participa en la regulación del metabolismo del calcio. Pero la salud ósea no depende solo de tomar más o menos de este mineral, ya que participan multitud de procesos en el delicado equilibrio en la formación de hueso y su resorción. Para que el calcio se incorpore en el hueso, necesitamos un estímulo. Y nada mejor que el ejercicio para dar la orden al organismo de que haga a los huesos más fuertes. De hecho, son las actividades de impacto (saltar, correr, caminar) o el ejercicio de fuerza las que más fortalecen los huesos. Algunas como nadar o la bicicleta no parecen tener un efecto tan marcado sobre la salud ósea.

Foto: iStock.
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Pero además de los ladrillos (el calcio) y de que demos la orden (el ejercicio) necesitamos regular el proceso. Y en ello participan de forma coordinada las vitaminas D y K. La vitamina K es de nuevo necesaria para el funcionamiento de proteínas como la osteocalcina que se encargan de que el calcio pueda incorporarse al tejido óseo. Una revisión científica encontró que suplementar de forma conjunta vitamina D junto con vitamina K2 (esta forma es más efectiva que la K1) puede reducir el riesgo de osteoporosis, con efectividad similar a la de unos fármacos llamados bifosfonatos, y sin efectos secundarios. Otros trabajos han demostrado reducciones de hasta casi un 80% del riesgo de fractura con la suplementación con vitamina K2 y mantenimiento de la densidad de masa ósea en pacientes con osteoporosis. Aunque, como hemos indicado, la deficiencia de vitamina K que pueda provocar síntomas de baja coagulación no es frecuente, sí que es más probable encontrarse con una ingesta insuficiente para prevenir de forma adecuada la osteoporosis.

Poniendo el calcio en su lugar

Otro aspecto en el que la vitamina K juega un papel gris y poco reconocido es la salud cardiovascular. Ya mencionamos en este artículo que el score cálcico o medida del contenido de calcio de las placas de ateroma en las arterias es un indicador de riesgo cardiovascular. La vitamina K regula el tráfico de calcio en el organismo, de forma que se incorpore como hemos mencionado en el tejido óseo, reduciendo su acumulación en otras zonas no deseables. Sería el caso de las placas de ateroma, donde se ha visto que la deficiencia de vitamina K2 puede aumentar el riesgo de calcificación. De nuevo, la menaquinona activa en este caso una proteína llamada proteína GLA de matriz, que evita que se formen depósitos de calcio en las arterias.

Investigaciones como el estudio prospectivo de Rotterdam hallaron que aquellos sujetos de entre los cerca de 5.000 que se siguieron durante 7 años con mayor ingesta de vitamina K2 tenían menor riesgo de enfermedad cardiovascular. En el caso de la vitamina K1, no se encontró ese efecto protector. Otro estudio con 16.000 mujeres encontró de nuevo ese efecto protector para la vitamina K2, pero no para la K1.

Foto: iStock.
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Hay que mencionar que hay indicios de un mayor riesgo cardiovascular, asociado a los suplementos de calcio. Si bien puede ser beneficioso para la salud ósea, suplementar con dosis elevadas de calcio en presencia de una deficiencia de vitamina K, podría favorecer esa calcificación arterial. Pero es que además esa estrategia, como hemos señalado, es como comprar muchos ladrillos, pero no tener obreros que los coloquen. Sin la participación de la vitamina K y D como reguladores y el estímulo del ejercicio, la efectividad de los suplementos de calcio para mejorar la salud ósea se ve muy reducida.

Otro lugar donde no interesa acumular calcio son los riñones. En estos órganos, la concentración de vitamina K2 es elevada, precisamente para movilizar ese calcio y evitar la formación de cálculos renales. Se ha visto una relación entre mayor consumo de vitamina K y menor tiempo en diálisis en pacientes renales, además de que la deficiencia de vitamina K era más habitual en estos pacientes.

Como en la vida misma, en el mundo de las vitaminas también suele suceder que detrás de grandes estrellas como el calcio o la vitamina D, hay otros haciendo un trabajo gris sin el que no alcanzarían el éxito. Es el caso de la vitamina K, de la que no debemos olvidarnos.