Son numerosos los artículos en prensa divulgativa sobre los telómeros, los correspondientes a la literatura científica sobre este tema superan las 20.000 publicaciones. Los telómeros son como una cadena compuesta por el mismo tipo de eslabones (bases nitrogenadas) que el ADN, pero que sin embargo no codifican ningún gen. Son la parte final de nuestros cromosomas que protege en cada una de nuestras células al ADN, nuestro código genético. A menudo se equiparan con el herrete de un cordón, esa parte final de plástico que sirve para que el cordón no se deshilache y también para que entre bien por el ojal.

La longitud de los telómeros se va acortando a lo largo de la vida. Cada vez que una célula se divide, estos se acortan. Se estima que, en el momento de la concepción, la longitud de la 'cadena' del telómero es de unos 15.000 'eslabones'; en el momento del nacimiento, de unos 10.000 (se pierde un tercio durante la vida embrionaria y fetal por la intensa multiplicación de las células); a los 18 o 20 años, cuando se detiene la fase de desarrollo de la adolescencia, nos quedan unos 8.000 eslabones. Las células entran en lo que se llama senescencia replicativa (no se pueden dividir más) o apoptosis (suicidio) cuando llegan, más o menos, a los 5.000. Por tanto, desde el comienzo de nuestra vida adulta hasta la muerte, disponemos de un crédito de unos 3.000 eslabones para gastar.

"Desde el inicio de la vida adulta hasta la muerte, tenemos de un crédito de unos 3.000 eslabones para gastar"

El acortamiento de los telómeros afecta a todas nuestras células, tejidos, órganos y, en definitiva, a todo el organismo. La longitud de los telómeros va a depender en un momento determinado del llamado ambioma o estilo de vida (tabaco, sedentarismo, nutrición…) y del efecto del entorno sobre nosotros (ansiedad, estrés, contaminación…) ya que van a afectar al estrés oxidativo y la actividad proliferativa celular.

Pero también depende del genoma, es decir de lo que hayamos heredado de nuestros padres y que se estima influye entre un 36% y un 84%. El acortamiento medio anual de los telómeros de un ser humano oscila entre los 30 y 70 eslabones, dependiendo igualmente del ambioma y del genoma. Además, ese acortamiento no es constante a lo largo de la vida, sino que evoluciona de una manera oscilante, habiendo fases de acortamiento rápido alternadas con otras de acortamiento lento e incluso alargamiento de los telómeros gracias a una enzima llamada telomerasa.

Un interesante estudio publicado recientemente por María Blasco, directora del CNIO y una de las grandes expertas mundiales en telómeros y telomerasa, muestra que la longevidad de las especies depende no tanto de la longitud de los telómeros como de la velocidad de acortamiento de estos. Así, mientras que un ratón tiene una longitud de sus telómeros de 50.000 bases (los eslabones) y una velocidad de acortamiento de 7.000 bases al año con una esperanza de vida media de tan solo 2 años, en el elefante nos vamos a 36.000 bases de partida, con pérdida de 110 al año y esperanza de vida de 60 años. En el ser humano, partimos de unas 10.000 bases, con pérdida de tan solo 70 al año y una esperanza de vida de unos 79 años. Es decir, lo determinante no es cómo son de largos los telómeros al nacer, sino a qué velocidad se acortan.

Foto: iStock.
Foto: iStock.

Se conoce de sobra la asociación entre el acortamiento telomérico, la mortalidad y la enfermedad. Cuanto más cortos sean los telómeros, mayor mortalidad y mayor incidencia de las enfermedades relacionadas con el proceso de envejecimiento: cáncer, enfermedad cardiovascular, diabetes, enfermedad neurodegenerativa o artrosis. De igual manera existen numerosas publicaciones que relacionan la longitud de los telómeros con los estilos de vida; ejercicio, nutrición, tabaco, consumo de bebidas, soda, alcohol, estrés, alteraciones del sueño. Los malos estilos de vida se relacionan con telómeros cortos.

En consecuencia, tanto la longitud de los telómeros como la velocidad de acortamiento son datos de interés para valorar el riesgo de enfermedad presente o futura, pudiendo abordar intervenciones terapéuticas tempranas para prevenir el desarrollo o avance de la enfermedad.

Desde hace algunos años se dispone de test analíticos que nos permiten conocer la longitud de nuestros telómeros, entre otros biomarcadores asociados. Pero una sola determinación no es más que un fotograma de una película y la verdadera utilidad clínica está en conocer la evolución de los telómeros en el tiempo.

Son muchos los avances de la ciencia, que si bien todavía no están más que en sus inicios en cuanto a su aplicación clínica, no me cabe la menor duda que se irán extendiendo progresivamente en el contexto del Paradigma Sanitario del Siglo XXI de la medicina preventiva para el envejecimiento saludable.

Nota: este artículo es un extracto de la conferencia 'Utilidad clínica del estudio telomérico en el ámbito de la Age Management Medicine' que impartí en el Simposium Internacional sobre Telómeros, celebrado en Sitges el pasado 14 de septiembre.