Colesterol LDL (el malo), colesterol HDL (el bueno), triglicéridos, transaminasas, hematíes o glóbulos rojos, plaquetas, leucocitos o glóbulos blancos… son todos términos con los que en mayor o menor medida estamos familiarizados, forman parte del hemograma y la bioquímica elemental que se solicita por lo general en una analítica de sangre. Son, sin duda, algunos de los biomarcadores más habituales, cuyo nivel se verifica para analizar la presencia o el riesgo de enfermedad.

Pero, por supuesto, no son los únicos biomarcadores disponibles. Literalmente pueden solicitarse cientos de ellos en una analítica: hematológicos, hepáticos, renales, hormonales, nutricionales, inflamatorios, inmunológicos y un sinfín más. Hoy nos queremos centrar en la homocisteína, un marcador cuya utilidad probablemente es poco conocida.

"Por motivos que por ahora desconozco, los niveles de homocisteína han subido sistemáticamente en mis pacientes desde el inicio de la pandemia"

La homocisteína (abreviatura HCy) es un aminoácido cuyos niveles elevados se consideran en la actualidad como factor de riesgo para diferentes enfermedades como las cardiovasculares y cerebrovasculares, neurodegenerativas (alzhéimer), diabetes, osteoporosis, diabetes o complicaciones en el embarazo. Fue descubierta en 1932, aunque no se vinculó sus niveles elevados con mala salud hasta el año 1962, con el descubrimiento de homocistinuria en niños con problemas cognitivos.

La homocisteína se mide en micromoles por litro de sangre (μmol/l). Los niveles de referencia varían según el laboratorio que los analice, pero en general oscilan entre 4,5 y 13,5 μmol/l en mujeres y entre 5,5 y 16 μmol/l en hombres. Además, son distintos según el objetivo de prevención que se busque; por ejemplo, se considera que por encima de 14μmol/l el riesgo de sufrir un infarto o ictus es elevado. No existe un consenso para definir su nivel de excelencia, pero cuanto más bajo mejor, de modo que el valor óptimo se sitúa por debajo de 9μmol/l.

Con relación a la enfermedad cardiovascular, los niveles altos de homocisteína se asocian con un riesgo de infarto un 50% más elevado. Y un 40% de las muertes debidas a ictus se asocian también a niveles elevados de este biomarcador. Se estima que la reducción en 3μmol/l en sangre puede reducir el riesgo de infarto en un 16%, de ictus en un 24% y de trombosis en un 25%. Además, una reducción de 5μmol/l podría reducir el riesgo de muerte por todas las causas en un 49%, por enfermedad cardiovascular en un 50% y por cáncer en un 26%.

Foto: iStock.
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Con respecto a las enfermedades neurodegenerativas, la enfermedad de Alzheimer constituye más de la mitad de los casos de demencia. La homocisteína por encima de 14μmol/l aumenta el riesgo de contraer esta enfermedad en un 150%. Aunque se considera un valor óptimo por debajo de 9 umol/l, Dale Bredesen, autor de 'El fin del alzhéimer', considera que debe ser inferior a 7 umol/L para prevenir el alzhéimer y/o revertir el deterioro neurocognitivo.

La homocisteína también parece ser importante durante el embarazo. Se ha comprobado, por ejemplo, que las madres que dan a luz bebés sanos tienen niveles de homocisteína por debajo del punto de corte de 9μmol/l. Niveles elevados se asocian con problemas de fertilidad, complicaciones durante el embarazo y riesgo de parto prematuro, además de bajo peso del bebé al nacer, factor de riesgo de una peor salud metabólica durante la vida adulta.

Y, cómo no, enfermedades como la diabetes también se relacionan con niveles elevados de homocisteína de forma bidireccional. Tener la glucosa alta dificulta mantener este marcador bajo. Y a su vez, la mortalidad a 5 años era mayor en un 90% en diabéticos con homocisteína alta frente a los no diabéticos.

Otras enfermedades asociadas al proceso de envejecimiento como la osteoporosis también se han vinculado con este biomarcador. Un estudio japonés encontró que las mujeres que habían sufrido fractura de cadera tenían niveles de homocisteína más elevados que las que no la habían sufrido.

Foto: iStock.
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Además, con la edad, aumentan los niveles de homocisteína. Hasta la pubertad, los niños tienen unos niveles de en torno a 6 μmol/l. A los cuarenta años, se eleva hasta valores de entre 9 y 11μmol/l. A edades más avanzadas, la homocisteína va aumentando, probablemente en relación con una alimentación inadecuada (dificultades masticatorias, problemas digestivos), además de por el propio proceso de envejecimiento.

Dicho todo lo anterior, parece claro que la homocisteína está vinculada, al menos como biomarcador, a numerosas enfermedades relacionadas con el estilo de vida y el envejecimiento. ¿Qué podemos hacer? El tabaquismo y el consumo de alcohol, como es habitual, no juegan a favor. Como tampoco lo hacen la obesidad y la inactividad física. Pero, probablemente en este caso, la alimentación sea la clave.

La homocisteína se acumula principalmente cuando unos procesos bioquímicos relacionados con algunas vitaminas no funcionan de manera adecuada. Se trata de tres ciclos interrelacionados entre sí: el ciclo del folato, el de la metionina y el de metilación. Estos ciclos tienen una enorme importancia para el organismo, y en ellos participan numerosas enzimas, las cuales necesitan de algunos nutrientes para funcionar de manera adecuada.

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Por ejemplo, en el ciclo del folato, participan vitaminas como la B12 y la B2. Este ciclo del folato está acoplado al de la metionina, en el cual se produce como uno de los productos, la homocisteína, y donde la vitamina B6 también actúa como cofactor. Si los niveles de folato, B12, B6 o B2 son inadecuados, los ciclos pueden no funcionar correctamente y producirse una acumulación de homocisteína, aumentando sus niveles en sangre al no poder ser reciclada. Además, uno de los productos del reciclado de la homocisteína es el glutatión, una sustancia de gran importancia en el organismo como antioxidante, cuyos niveles bajos se han asociado con mayor riesgo de diferentes enfermedades e incluso de mortalidad por covid-19.

Una dieta inadecuada es, por tanto, una de las principales causas de unos niveles elevados de homocisteína. Estudios como ENIDE o ANIBES han demostrado que la mayor parte de la población española no alcanza las ingestas mínimas recomendadas de folato (400μg al día), hecho vinculado a un bajo consumo de verduras, ricas en esta vitamina. La deficiencia dietética de vitamina B12 o de B6 no es tan habitual, pero sí que puede haber individuos con necesidades aumentadas, debido entre otras causas al consumo de algunos fármacos, a una microbiota alterada o a la disminución de la acidez estomacal con la edad, hecho que dificulta la absorción de vitamina B12.

A todo lo anterior hay que sumar la genética. Existen diferentes versiones de algunos genes que pueden hacer que la eficiencia del ciclo del folato sea mayor o menor en algunas personas, y que por tanto nuestras necesidades de esta vitamina aumenten. Se ha observado una presencia relativamente elevada de estas variantes genéticas en la zona mediterránea, probablemente en relación con la pasada existencia de la malaria en la región. Al parecer, estas variables genéticas que reducen la eficiencia del ciclo del folato eran protectoras contra esta enfermedad provocada por la picadura de ciertas especies de mosquito, ya erradicadas en la zona. Como curiosidad, es precisamente el glutatión, que mencionábamos anteriormente, la sustancia que necesita el mosquito Plasmodium (causante de la malaria) para medrar.

En ciertos casos, por tanto, puede ser recomendable la suplementación con un combinado de vitaminas del grupo B, especialmente folato, B6, y B12 en su caso. La betaína, que participa en el ciclo de la metionina donde se genera y recicla la homocisteína, también es efectiva para la reducción de sus niveles. Un análisis de 72 estudios con suplementación con folato encontró una reducción de los niveles de homocisteína de 3µmol/l, consiguiendo una reducción del riesgo de infarto de un 16%.

En mi experiencia clínica, pocos son los pacientes que presentan valores por debajo de 9 μmol/l, muchos menos de los que presentan valores elevados por encima de 16 μmol/l. Curiosamente y por motivos que por ahora desconozco, los niveles de homocisteína han subido sistemáticamente en casi todos mis pacientes desde el inicio de la pandemia de covid-19.

En definitiva, la homocisteína es un marcador de importancia para la medicina de precisión. Niveles elevados, sin duda, están relacionados con un mal funcionamiento de los ciclos del folato y de la metionina, además del ciclo de la metilación, que se relaciona con los mecanismos epigenéticos, esos interruptores que encienden y apagan nuestros genes. La medicina personalizada puede valorar este marcador, analizar posibles carencias nutricionales, y en su caso, además de recomendar una dieta adecuada, suplementar cuando sea necesario. La recomendación general: dieta saludable, ejercicio y evitar hábitos tóxicos como alcohol y tabaco. ¿Les suena?

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