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¿Qué deberíamos preferir: más años, más vida o las dos?
  1. Más años, más vida
Ángel Durántez

Más años, más vida

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¿Qué deberíamos preferir: más años, más vida o las dos?

¿De qué sirve vivir más tiempo si esto no está acompañado de una buena salud? El debate de la longevidad pierde todo el sentido si no incluimos también el bienestar de las personas como principal hilo conductor

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El título de este espacio sintetiza en pocas palabras el objetivo de la medicina antienvejecimiento: “Vive más, vive mejor”. Porque frente a la cantidad, también debemos tener en cuenta la calidad. No nos sirve de nada vivir más años si lo único que hacemos es prolongar un estado de enfermedad, dependencia y malestar vital.

Así lo demuestra un sondeo de la Universidad de Phoenix, en EEUU, que indica que un 50% de los adultos encuentran demasiadas incertidumbres como para considerar vivir hasta los 100 años. Solo en el caso de que se cumplan ciertas condiciones, la respuesta es afirmativa: un 85% si alcanzan esa edad en buen estado físico y mental, un 79% si los seres queridos también estuvieran vivos, y un 71% si la apariencia exterior no fuera de centenario.

Lógicamente, la respuesta a esta pregunta también depende de la edad. Frente a un adolescente, que no conoce el riesgo ni se preocupa por el autocuidado, la importancia de ganar más años aumenta conforme los vamos cumpliendo.

Vivimos más

Lo que no es opinable, y es desde luego un hecho objetivo, es que cada vez vivimos más años. La esperanza de vida media en la actualidad en España es de 83,6 años (81 para hombres y 86 para mujeres). La esperanza de vida media ha aumentado a lo largo del siglo XX en unos 30 años, gracias especialmente a los avances en la medicina y especialmente la reducción en la mortalidad infantil y a la debida a las infecciones debido a la mejora de la higiene y a los antibióticos.

Foto: Foto: Unsplash/@rodlong. Opinión
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Tenemos una muestra fehaciente con la pandemia por covid-19, que ha hecho retroceder la esperanza de vida al nacer en España en casi 9 meses, de los 83,6 a los 82,9 años que correspondían a datos de 2015.

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Foto: iStock.

También hemos de tener en cuenta los factores culturales asociados a la longevidad. Lo que ahora nos parece una edad avanzada, pero relativamente normal de unos 85-90 años, probablemente hace 150 años se entendería como algo no muy deseable. Y probablemente ahora muchas personas no desearían verse con 110-115 años, pero eso no será tan sorprendente para nuestros nietos.

¿Dónde está el límite?

El límite teórico potencial para la longevidad humana se sitúa en los 120 a 130 años. Esta cifra se debe a Hayflick, un investigador que en 1961 llegó a esta cifra calculando la viabilidad de las células en función del máximo número de divisiones que podrían alcanzar. Hayflick, afortunadamente todavía con vida, pudo atestiguar su teoría con el ejemplo de Jeanne Calment, quien falleció en 1977 a la edad de 122 años y 164 días. En 2013 murió el varón más longevo conocido hasta la fecha, el japonés Jiroemon Kimura, con 116 años. Y el pasado mes de enero cumplió 119 años la persona viva más longeva actualmente, la japonesa Kane Tanaka.

Si en nuestro anterior artículo hablábamos de las zonas azules y de ese 'Okinawa gallego', recientemente nos dejaba el hombre vivo más longevo en la actualidad, el leonés Saturnino de la Fuente, con 112 años y 341 días.

Foto: Encuentro Mundial Zonas Azules. (EFE/Mónica Quesada) Opinión

Las alegaciones de longevidad máxima no siempre han tenido rigor. Los datos de las partidas de nacimiento eran a veces imprecisos, más aún cuanto más atrás vamos en el tiempo. En la actualidad, son dos las fuentes más fiables en este sentido: el inefable Guinness World Records, conocido por verificar de forma rigurosa las entradas que se incluyen en su ‘hall of fame’; y el ‘Gerontology Research Group’, que también sigue un procedimiento de verificación de estas alegaciones. Así, tenemos declaraciones de casos que han superado los 122 años de Calment, pero que no han sido comprobados de forma adecuada.

Muertistas e inmortalistas

Volviendo al inicio: vivir demasiado, aun en buena salud, puede conllevar otras consecuencias, como señalaban los encuestados en EEUU: aislamiento, soledad, pérdida del sentido vital, entre otras. Perder a tus seres queridos y amigos, e incluso a tu descendencia, puede ser un duro golpe. ¿Para qué vivir tanto tiempo si nuestro entorno social y familiar desaparece? La película de 1986 ‘Highlander’ (con el título ‘Los inmortales’ en España) lo ilustraba de forma desgarradora junto a esa preciosa canción de Queen ‘Who wants to live forever?’

No se trata, sin embargo, de ser un ‘muertista’ como afirma José Luis Cordeiro, deseando una muerte precoz. O de adoptar la postura del neurólogo Ezekiel Emanuel, que argumenta la razón por la que no quiere vivir más de 75 años.

También en contra de extender la longevidad, tenemos a Martien Pijnenburg y Carlo Leget, que publicaron en el ‘Journal of Medical Ethics’ un artículo titulado ‘¿Quién quiere vivir para siempre? Tres argumentos en contra de alargar la vida humana’, y que yo rebatí en mi blog.

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Foto: iStock.

En el otro extremo, tendríamos a los inmortalistas. Una cosa es morir hoy a los 75 y otra muy diferente es hacerlo con 125 años. Obviamente, alcanzar edades más avanzadas en sociedad, salud y funcionalidad es algo que ninguno despreciamos y si eso es posible con 100, pues bienvenido sea. En esta línea se acaba de publicar un interesante artículo en la revista de la Universidad de Harvard.

¿Vivimos mejor?

Para determinar si efectivamente vivimos más y mejor, se han diseñado una serie de parámetros relacionados con la calidad de vida como son la esperanza de vida sin enfermedad crónica, la de vida en buena salud o la esperanza de vida sin discapacidad. El propio Instituto Nacional de Estadística publica estos parámetros para la población española, que pueden consultarse aquí.

Mientras que la esperanza de vida al nacer era de 80,9 años para hombres y de 86,2 para mujeres en 2019, la esperanza de vida en buena salud era tan solo de 69,4 y de 70,4 años, respectivamente. Esta esperanza de vida en buena salud se define como el promedio de número de años esperados que vive una persona disfrutando de buena salud (en ausencia de limitaciones funcionales o de discapacidad). Se pueden ver más detalles sobre este parámetro en esta página del INE destacando el aumento de unos 64 años hasta superar los 70, desde 2015 hasta 2019.

placeholder Mortalidad observada y curvas teóricas de supervivientes de la discapacidad, mala salud y enfermedades crónicas. (INE)
Mortalidad observada y curvas teóricas de supervivientes de la discapacidad, mala salud y enfermedades crónicas. (INE)

En esta gráfica correspondiente a la población española y si tomamos como referencia los 45 años de edad, vemos que la supervivencia total es superior al 90% tanto para hombres como para mujeres. Sin embargo, menos de la mitad de la población de ambos sexos se encuentra libre de enfermedad crónica a esa edad.

Hay que aclarar que en el momento en el que una persona tiene diagnosticada al menos una patología crónica deja de considerarse libre de enfermedad (la hipertensión, la lumbalgia crónica, la diabetes y las enfermedades cardiovasculares son las más frecuentes). Este dato coincide con lo que conocemos sobre la senescencia programada: a partir de los 35 o 40 años comienza el declive de la salud asociado al envejecimiento.

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Foto: iStock.

A los 65 años, la edad de referencia para la jubilación, menos del 70% de la población se encuentra libre de discapacidad. Si nos vamos a la parte derecha del gráfico, que finaliza en los 85 años, vemos que la supervivencia en buena salud es anecdótica. ¿Qué sucedería si prolongamos la vida más allá de los 100 en estas condiciones? Estaríamos prolongando el sufrimiento y una mala calidad de vida.

En definitiva, todos estos datos, aun a pesar de corresponder a una de las poblaciones con mayor esperanza de vida del mundo como es la española, no son nada halagüeños si nos planteamos ser centenarios.

Mucho por hacer

A pesar de tener ciertas reservas, lo cierto es que la mayoría querríamos vivir más, si también pudiéramos vivir mejor. Para ello tenemos que alargar en lo posible las dos primeras fases de nuestra salud: libre de enfermedad y en buena salud para lograr lo que Fries definió en 1980 como la 'compresión de la morbilidad', y que se resume en que la enfermedad o la discapacidad aparezcan el menor tiempo posible y lo más cerca de nuestra muerte.

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Este es sin duda el objetivo de la medicina preventiva para un envejecimiento saludable, a la espera de los espectaculares avances que nos esperan con la Longevity Medicine y proyectos como Altos Labs.

El título de este espacio sintetiza en pocas palabras el objetivo de la medicina antienvejecimiento: “Vive más, vive mejor”. Porque frente a la cantidad, también debemos tener en cuenta la calidad. No nos sirve de nada vivir más años si lo único que hacemos es prolongar un estado de enfermedad, dependencia y malestar vital.

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